La sacarosa, más conocida como azúcar común, es el edulcorante más habitual. Se trata de un disacárido compuesto por dos tipos de azúcares. Una combinación que puede suponer problemas y desencadenar intolerancia a la sacarosa en muchos casos.

Los azúcares, naturalmente presentes en vegetales y frutas (la fructosa y la glucosa), se unen creando cristales de aspecto translúcido. Su consumo está ampliamente extendido para endulzar gran variedad de alimentos y bebidas. Mientras que la sacarosa supone un alimento con gran aporte energético, que proporciona a tu organismo calorías y un ascenso rápido de glucosa en sangre.

Si quieres saber más, ¡sigue leyendo! Hoy en el blog te contamos qué es la intolerancia a la sacarosa y cómo puedes combatirla.

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¿Cómo se manifiesta la intolerancia a la sacarosa?

Para que el cuerpo sea capaz de metabolizar la sacarosa de forma adecuada, contamos con enzimas encargadas de digerir el azúcar. Esta enzima es específica y se llama sacarasa. Al igual que en las personas intolerantes a la lactosa, es la ausencia de esta enzima específica la que causa el problema de la intolerancia a la sacarosa.

De todos modos, es necesario que un médico especializado se encargue de efectuar el diagnóstico de forma individualizada acerca de la afección, dado que esta comparte muchos síntomas con otras patologías muy diferentes.

Si sufres intolerancia al azúcar común, es fácil que se manifiesten ciertas molestias pasada media hora desde la ingesta. De manera que podrías experimentar:

  • Sensación de inflamación abdominal.
  • Gases.
  • Inquietud, taquicardia.
  • Espasmos estomacales.
  • Vómitos.
  • Bajadas de azúcar.
  • Cefaleas.
  • Diarrea.
  • Deshidratación.
  • Mala absorción de los nutrientes.

Enfermedades asociadas al consumo excesivo de sacarosa

Independientemente de que se padezca o no intolerancia a la sacarosa, su ingesta excesiva y prolongada en el tiempo aumenta la predisposición a sufrir diferentes patologías, como la diabetes o las caries dentales. También puede fomentar la propagación de enfermedades como el sobrepeso. Y es que la sacarosa aporta casi 400 calorías por tan solo 100 gramos de azúcar.

De hecho, este azúcar está tan ligado al aumento de peso que, en países desarrollados en los que la tasa de obesidad es muy alta, se plantea grabar los alimentos azucarados con impuestos, para disuadir a la población y promover la elección de alimentos menos energéticos. Incluso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte a la población de la necesidad de regular su consumo para que no afecte negativamente a la salud.

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Diagnóstico de la afección 

A día de hoy, disponemos de muchos avances médicos, tanto en conocimiento como en tecnología. Ambos posibilitan a los especialistas implementar un diagnóstico eficaz respecto a la intolerancia al azúcar común. Para ello, en este caso, disponemos de pruebas como la biopsia del tejido del intestino.

Dicha práctica persigue extraer una pequeña muestra de las células vellosas que componen la parte interna del intestino, donde se hallan las enzimas. Después, se somete a examen para calcular la cantidad de sacarasa y se comprueba si existe una disminución anormal que interfiere en la digestión.

Otra prueba diagnóstica, en este caso menos invasiva, es el test de hidrógeno expirado, los exámenes genéticos o la simple constatación de los síntomas tras el consumo de azúcar.

En este caso, los pasos detallados para diagnosticar la intolerancia a la sacarosa son:

Historia clínica y evaluación de síntomas

El primer paso consiste en realizar una historia clínica completa. El profesional sanitario analizará los síntomas digestivos como diarrea, distensión abdominal, gases o dolor tras la ingesta de alimentos que contienen sacarosa. También valorará la frecuencia, intensidad y duración de los episodios, así como los antecedentes familiares, ya que en algunos casos puede existir un componente genético.

Prueba de hidrógeno espirado

Una de las pruebas más utilizadas para detectar la intolerancia a la sacarosa es el test de hidrógeno en el aliento. Consiste en administrar una cantidad controlada de sacarosa y medir posteriormente los niveles de hidrógeno en el aire espirado. Si la sacarosa no se digiere correctamente, fermenta en el colon y produce un aumento de hidrógeno detectable en la respiración.

Test de tolerancia a la sacarosa

Otra herramienta diagnóstica es la prueba de tolerancia oral. En este caso, se mide la glucosa en sangre después de ingerir sacarosa. Si los niveles de glucosa no aumentan de forma adecuada, puede indicar una deficiencia en la enzima encargada de descomponerla, lo que orienta hacia una posible intolerancia.

Biopsia intestinal

En situaciones más complejas, especialmente cuando se sospecha una deficiencia congénita de sacarasa-isomaltasa, puede realizar una biopsia del intestino delgado. Esta prueba permite analizar directamente la actividad enzimática en la mucosa intestinal y confirmar el diagnóstico con mayor precisión.

Dieta de eliminación y reintroducción

Finalmente, el médico puede recomendar una dieta de eliminación controlada. Se retiran temporalmente los alimentos con sacarosa y, si los síntomas mejoran, se reintroducen progresivamente para confirmar la relación causa-efecto. Este método debe realizarse siempre bajo supervisión profesional para evitar carencias nutricionales.

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¿Existe tratamiento para la intolerancia al azúcar común?

Es cierto que la intolerancia a la sacarosa no tiene cura. No obstante, sí es posible contener las molestias mediante ciertos cuidados, la asignación de una dieta específica y el consejo médico especializado.

La primera medida a tomar es suprimir de tu dieta todos aquellos alimentos que te provoquen malestar, así como los que contengan la sacarosa en su composición. No es una tarea fácil, ya que el azúcar está presente en infinidad de alimentos y bebidas, pero poco a poco te irás adaptando.

Por otro lado, en ocasiones podemos encontrar el mismo producto en su versión dietética, en la que se logra una reducción de las calorías sustituyendo la sacarosa por algún otro edulcorante artificial, que sería apto para los intolerantes. Y, además, existen también suplementos recetados por el médico, que contribuyen a descomponer el azúcar, favoreciendo su digestión. Este tipo de complementos son simplemente un aporte adicional de esta enzima específica, la sacarasa.

Pautas de salud para intolerantes 

En el caso de no tolerar la sacarosa, la calidad de vida de la persona variará en función de múltiples factores:

  • Diagnóstico precoz. El tiempo que la persona sufre los síntomas es directamente proporcional a la gravedad de las secuelas. Cuanto antes se produzca un diagnóstico acertado, más fácil será intervenir y evitar consecuencias negativas para la salud del paciente.
  • Dieta estricta. La capacidad de la persona a la hora de evitar la ingesta del disacárido es de especial relevancia. Y es que, si no se consume la sacarosa, tampoco se desencadenarán los síntomas ligados a la intolerancia. Se trata de una difícil tarea, dado que requiere del compromiso del paciente sobre no consumir dicho azúcar en ninguno de los alimentos que coma o beba. En este sentido, su implicación y los conocimientos adquiridos serán determinantes.
  • Grado de intolerancia a la sacarasa. La cantidad de la enzima específica presente en el intestino y su eficacia hace que existan diferentes niveles de intolerancia. Por ejemplo, alguien con mayor capacidad para digerirla será capaz de tolerar pequeñas cantidades sin presentar malestar. Mientras que también pueden manifestarse casos de intolerancia hereditaria grave, en los que se observa el desarrollo de patologías en el hígado. En estos casos, se suman los inconvenientes de la intolerancia a los síntomas de la enfermedad hepática.

Eso sí, no debes confundir la intolerancia a la sacarosa con la alergia, ya que hablamos de una incapacidad para digerir y metabolizar el azúcar, involucrando únicamente al sistema digestivo. La alergia, en cambio, constituye una reacción indebida y exagerada del sistema inmunitario que provoca otro tipo de síntomas. En ambos casos, la pauta principal es no ingerir el alimento que causa la indisposición. Sin embargo, el tratamiento puede variar en ambas situaciones, lo cual exige un diagnóstico médico preciso y personalizado.